sábado, 10 de diciembre de 2011

Fiel reflejo de la que veneramos en el Camarín


Era una idea que hacía tiempo se dibujaba en nuestro pensamiento: que en la fachada principal de nuestra iglesia parroquial se instalase un retablo de mosaicos que fuese fiel reflejo de la que veneramos en nuestro camarín. El texto que precede está extraído del acta del cabildo de oficiales celebrado el 4 de octubre de 1952, apenas un mes después de que, final y felizmente, ese deseo del que hablaban entonces las regidoras de la corporación pastoreña se materializara en el azulejo que hoy vemos como una realidad cotidiana.


Pocos son ya los que, al igual que ocurre con los orígenes de la romería, recuerdan el acto solemne con el que se inauguró este azulejo, pues para la mayoría de nosotros forma parte de todas las etapas de nuestra vida, como si siempre hubiera estado en ese lugar privilegiado del templo pastoreño. Tal es el motivo que nos mueve a rememorar a través de estas páginas lo que, sin duda, fue todo un acontecimiento en la vida de la corporación pastoreña y, por extensión, en el pueblo entero.

Ese mismo verano del 52, con el tiempo justo, se encargó la hechura del azulejo a los reputados ceramistas sevillanos Alfonso Chaves Tejada y José Gutiérrez Rodríguez. El 19 de julio de 1952 está datado el presupuesto de la obra remitido por la fábrica de azulejos de Hijos de Ramos Rejano, en la calle Tetuán, junto a un boceto que también se conserva en el Archivo de la hermandad. Para los lectores más curiosos anotaremos que el precio del azulejo ascendía a 4.000 pesetas, cifra a la que había que añadir el 14 por ciento en concepto de usos y consumos.

Boceto realizado por la fábrica de Ramos
Rejano para el azulejo.
Con el firme propósito de que nadie abortara el proyecto, las mujeres de la junta de gobierno dieron órdenes precisas a los albañiles encargados de su colocación para que no revelaran en qué trabajaban y toda su gestación fuese con el mayor sigilo, pues cualquier indiscreción involuntaria podía anular nuestros mayores deseos, según quedó escrito en el libro de actas de la época. Tan discretos operarios fueron Antonio Camacho Peña y Jesús García Camacho, el célebre Pepo que también participaría, unos años más tarde, en la construcción de la ermita. El libro de cuentas del año 52 informa de que el importe del retablo y la colocación ascendió a la suma de 6.735 pesetas, a lo que habría que sumar las 505,45 pesetas que costó el trabajo de instalar la luz para los faroles.

A título anecdótico habremos de añadir lo acontecido a Mercedes Espinosa, por entonces mayordoma de la corporación, en el momento de acudir a Sevilla para encargar la realización del azulejo. Como quiera que todo se hizo con precipitación para que fuera inaugurado el día de la Pastora de aquel mismo año, hasta finales de julio no se encargó al ceramista. Este, viendo que los plazos que se le daban no eran mínimamente razonables y teniendo en cuenta la envergadura de la obra que se le encomendaba, comunicó a la mayordoma la imposibilidad de tener concluido el trabajo para la fecha prevista de bendición. Ante la negativa, Mercedes Espinosa —una mujer de carácter al decir de todos los que la conocieron—, ni corta ni perezosa, se sentó junto al maestro ceramista y le espetó: "Pues de aquí no me voy hasta que usted no lo empiece", no dejando al buen hombre otra salida que abandonar todos los proyectos en los que trabajaba aquel verano para dedicarse, en exclusiva y sin margen para un respiro, al retablo de la Pastora. Fue, sin duda, esta cabezonería de la mayordoma la que hizo posible que el azulejo luciera en la fachada de la iglesia según lo previsto: el 8 de septiembre de 1952.

Una vez aceptado el encargo y el estrecho plazo fijado por la hermandad —¡qué remedio!—, los artesanos del taller de cerámica tuvieron que desplazarse hasta Cantillana para, a pie de iglesia, tomar notas de cómo se presentaba la imagen en el interior del camarín, a fin de plasmar una reproducción fiel (que luego resultaría fidelísima) de la Divina Pastora en el azulejo, como finalmente ocurrió para alegría de todos los pastoreños que vieron la obra concluida. Al retablo cerámico se le añadieron, desde su inauguración, una pareja de faroles repujados con instalación eléctrica.

Al tanto de los detalles que precedieron aquel 8 de septiembre, conozcamos ahora cómo vivió el pueblo pastoreño el acto de inauguración y bendición del retablo cerámico.

Quien esto escribe —y quizá la mayoría de los lectores— no vivimos el momento de la inauguración del azulejo por evidentes cuestiones de edad, por lo que nos serviremos de lo que dejó escrito un testigo excepcional, el capuchino fray Rafael de Ubeda, en El Adalid Seráfico de octubre de 1952, para acercarnos a ese rincón de la calle Iglesia que preside nuestra titular desde aquel lejano septiembre. Comienza fray Rafael de Úbeda la crónica de su viaje contando cómo el día 8 de septiembre, a las nueve de la mañana, entraban en el pintoresco y blanco pueblo de Cantillana el M. I. Sr. Dr. D. Javier Aler Sola, canónigo magistral de la Catedral Metropolitana de Sevilla, acompañado de los RR.PP. Capuchinos Andrés de Málaga y Rafael de Úbeda, del convento sevillano.

Sólo una hora más tarde, a las diez de la mañana, con asistencia de miles de personas de todas las clases sociales, se procedió a la bendición litúrgica del artístico retablo de cerámica sevillana. Se trata de una copia exacta del original, en el que el rostro de la Zagala divina es hermosísimo, dulce y robador de corazones, en palabras del fraile.


La ceremonia de bendición tuvo lugar la
mañana del 8 de Septiembre de 1952.
Para el rito de la bendición del retablo cerámico se instaló a las puertas de la iglesia un altar portátil donde el párroco, Francisco Ruiz Calañas, revestido de capa y auxiliado por los padres capuchinos, bendijo la nueva imagen de la Divina Pastora. En un púlpito levantado a la derecha del retablo —como se aprecia en una de las fotografías del acto— el magistral de la Catedral de Sevilla dirigió una prédica a los presentes, antes del manifiesto con el Santísimo, el rezo de la estación mayor y la bendición eucarística solemne. Al describir los momentos finales del acto, fray Rafael de Úbeda cuenta cómo la multitud, emocionada, lloraba de alegría, sin distinción de hombres, mujeres y niños, y todos aclamaban a la Virgen Pastora.

A continuación se celebró la Función Principal de Instituto, en la que el panegírico, lleno de unción y piedad, de doctrina teológica y de enseñanzas morales, lo predicó Aler Solá. El canónigo dedicó la homilía al fecundo tema de la intercesión poderosa de María a favor del redil de la santa Iglesia. Hizo una exposición completa de los fundamentos dogmáticos y de las razones teológicas y patrísticas que demuestran el poder suplicante de nuestra Señora. La Función fue concelebrada por los dos capuchinos desplazados desde el convento de Sevilla, y por José Rodríguez Sayago, canónigo de la Colegial de Jerez de la Frontera, hijo de Cantillana y fervoroso pastoreño. Además, cantó la misa la agrupación coral de los hermanos terciarios capuchinos de Sevilla.

De día tan señalado para la vida de la corporación pastoreña se conserva en el Archivo de la hermandad el ejemplar de un periódico sevillano (cuya cabecera sentimos no poder identificar con certeza, si bien podría tratarse de El Correo de Andalucía o La Unión, por la tipografía empleada) que, unos días más tarde, se hacía eco de la noticia. En la página 4 de la sección de Provincia del rotativo fechado el 12 de septiembre de 1952, el anónimo periodista cuenta cómo acudieron al acto de bendición del retablo las hermandades pastoreñas de Santa Ana y de San Antonio de Padua, acompañadas de una concentración de varios miles de devotos y portando las insignias y varas. "Al igual que hiciera Rafael de Ubeda en El Adalid Seráfico, el cronista hace hincapié en la solemnidad del acto al escribir: Intentar describir el entusiasmo de la multitud en tal momento es algo imposible, pues resultó de una solemnidad tan emotiva que fueron muchas las lágrimas que asomaron a los ojos de los que tuvimos la dicha de presenciarlo.

Del fervor con que se llevó a término la colocación del retablo da buena cuenta también el libro de actas de la hermandad, donde quedó descrito el momento en el que se descubrió el azulejo sin ahorrar calificativos: en demostración de verdadero frenesí, la aclamaban con sus más entusiastas vivas, vítores, plegarías llenas de fe y de lágrimas, lluvias de flores y lentiscos, de palomas... Todo ello, además, en medio de un volteo general de las campanas de la parroquia. Después de la inauguración del retablo se organizó una procesión con el Santísimo desde el interior de la parroquia hasta el altar portátil instalado en la puerta para la ocasión, dándose la bendición.

José María de la Hera Sánchez

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